«Gracias a la libertad de expresión hoy es posible decir que un gobernante es un inútil, sin que nos pase nada. Al gobernante tampoco».

Jaume Perich (1941-1995). Escritor y humorista

domingo, 1 de febrero de 2015

Donde yo vivo ( X ). Las Peñas Blancas y el tesoro del Cacique Calarcá.


Las Peñas Blancas
Desde la terraza observo cada día unas curiosas manchas blancas en la pared de la montaña. 

Cuando no da el Sol directamente, las manchas desprenden una luz, como de lámpara fluorescente. A veces pasan días y no se ven, las nubes andinas cubren las crestas de la cordillera.
 
Son las Peñas Blancas, unas formaciones rocosas lisas en la montaña  de la Cordillera Central, rodeadas de verde de pasto y bosque. Parecen una señal. Un mojón que señala donde se encuentra el tesoro del Cacique Calarcá,  personaje real, feroz y aguerrido, que lideró la resistencia contra la invasión española en la zona.

No. No pasa desapercibida la excepcionalidad, ni para los residentes o para los visitantes. Cuando conoces la leyenda, y visto lo visto, no dudas que es cierta, y tienes que creer que allí el jefe indio, el guerrero indomable e implacable, escondió todo su tesoro en las profundidades de la montaña, por cavernas impenetrables y malditas, para que los españoles nunca lo encontraran.
 
Cafetal
Generación tras generación no han faltado valientes ni aventureros que se atrevan a penetrar en las profundidades de las Peñas Blancas, tratando de encontrar el fabuloso tesoro entre el cual se dice había indios de oro en tamaño natural. Nadie lo ha encontrado, que se sepa, pero son célebres las anécdotas de desafortunados que escalan la roca y se despeñan o de aventureros que penetraban por las cavernas y no regresaban jamás. 

Pasado el tiempo,  los descendientes de los españoles bautizaron con su nombre, como homenaje, un próspero pueblecito a los bordes de la cordillera, que creció a la par que la exportación cafetera, Calarcá.

El abismo de la Peñas Blancas
Para quien esto escribe la fascinación o el subconsciente se manifiestan en una inquietud y desasosiego creciente, hay un deseo, una urgencia por pisar ese lugar, como un hidalgo extremeño, arruinado y sin propiedades, perseguido por una injusta justicia.  Como los alucinados conquistadores, desesperados en busca del mito de El Dorado.   

Desde el territorio Quimbaya, donde ahora vive, donde los indios eran unos expertos orfebres del oro, y desde el punto crítico donde se observa el abismo de 300 metros de las Peñas Blancas, pide, como cada día, terminar por encontrar el mítico El Dorado, en forma de olvido, tranquilidad y paz.

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Museo del Oro Quimbaya.



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